Por: Bryan Brusil, Comunicador
Quito es una ciudad de matices y contrastes, vivir en calma abrazada de volcanes hace que sus habitantes experimenten un milagro de la naturaleza: el agua que consumen.
A más de 3.000 metros de altura, donde la neblina se desliza sobre los pajonales y el silencio se convierte en parte del paisaje se alberga un regalo para los quiteños: el páramo, fuente de agua que abastece a Quito en sus áreas urbanas y rurales. Su suelo poroso como el de una esponja, sus plantas conocidas como almohadillas de musgo y cada arbusto nativo retiene la lluvia y la libera de apoco, formando ríos que descienden hacia la ciudad. Gracias al páramo, todos quienes habitamos en Quito podemos tener agua de calidad y en cantidad siempre.
Según datos de la Empresa Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento, EPMAPS Agua de Quito, más del 80% del agua que consumimos depende de los páramos que rodean a nuestra capital. Podemos entonces decir que la vida recae sobre estos, por ende, conservarlos se convierte en una tarea crucial.
Desde hace 25 años el Fondo para la Protección del Agua – FONAG –, el primer Fondo de Agua del mundo, trabaja para que estos ecosistemas puedan cumplir su función de retener y almacenar el agua que bebemos. Estas acciones que parecerían quedarse sobre los 3.000 metros de altura benefician a los quiteños más allá del privilegio de poder tomar agua directo de la llave:
Agua limpia 24/7 por 365 días al año:
La conservación de fuentes de agua permite devolverle al páramo la capacidad para retener agua y liberarla gradualmente, esto ayuda a que aguas abajo, los caudales de los ríos se mantengan estables. Esto significa que Quito puede contar con agua incluso en época seca, tal como pasó durante el estiaje de 2024, cuando la ciudad pudo tener acceso al líquido vital pese a la ausencia de lluvias.
Menos riesgos frente al cambio climático:
Los páramos funcionan como un sistema de regulación hídrica frente a fenómenos extremos. Al conservarlos, Quito se vuelve más resiliente frente a sequías, olas de calor o lluvias intensas, cada vez más frecuentes debido al cambio climático.
Más salud pública:
Agua limpia significa menos enfermedades relacionadas con la contaminación. Si se degrada el páramo, aumenta la turbidez del agua, se elevan los costos de potabilización y se multiplican los riesgos para la salud, especialmente en zonas rurales y de difícil acceso para procesos de distribución.
Menos costos para la ciudad:
Invertir en conservar páramos es mucho más económico que restaurarlos cuando ya han sido degradados. También es más viable que construir nuevas obras de infraestructura para captación o tratamiento de agua. Proteger la naturaleza es, en este caso, una decisión financieramente inteligente.
Beneficios para las comunidades:
Para el FONAG, la conservación va de la mano con las comunidades que habitan los páramos, luego de garantizar el acceso a agua segura para sus habitantes, inician procesos de desarrollo sostenible en estos espacios; ecoturismo, apoyo a emprendimientos productivos, agroecológicos y de fortalecimiento permiten a las comunidades generar empleo y diversificar sus ingresos mientras protegen las fuentes de agua.
Conexión con la naturaleza desde las aulas:
Los procesos de sensibilización ambiental en escuelas dejan huella a largo plazo, las niñas y niños que conocen desde temprana edad la importancia de conservar los páramos y el origen del agua que consumen, se convierten en guardianes del agua y mensajeros para generaciones futuras.
El agua que bebemos tiene historia. Viene de alturas lejanas, de suelos esponjosos y silenciosos, de lluvias que se filtran lentamente en el corazón de los páramos. Conservarlos es asegurar salud, bienestar y futuro para toda la ciudad.



