Por: Mónica Simaluiza, Comunicación
Kevin nació en el páramo. De pequeño pastaba borregos y vacas junto a sus padres quienes se dedicaban a la agricultura y ganadería. Tenía ocho años cuando recorría los páramos de Pifo, sin imaginar que veinte años después volvería a esos caminos, ahora no como pastor, sino como guardián del agua.
En una mañana fría, cuando el sol apenas insinúa su presencia tras la neblina, Kevin Rodrigo Pineida Pineida se prepara como de costumbre. Viste su armadura cotidiana: una chompa gruesa que lo resguarda del viento cortante, pantalón térmico, botas impermeables y guantes que parecen recordar cada sendero recorrido. Su mirada, firme y serena, no se quiebra, ni siquiera ante el susurro helado del páramo.
Tiene 29 años y es guardapáramo del Área de Conservación Hídrica Paluguillo, una de las fuentes de agua que cuida y conserva el Fondo para la Protección del Agua (FONAG). Paluguillo, ubicado al nororiente de Quito, es un rincón de páramo cubierto de pajonales dorados, donde el silencio habla y la vida brota en cada gota que rocía sus árboles. Allí, entre Polylepis y venados que acompañan su labor diaria, Kevin ha encontrado algo más que un trabajo: ha hecho de este paisaje su segundo hogar. Hace nueve años patrulla este ecosistema, ya sea a caballo o en moto, su tarea es la misma: cuidar, vigilar y recorrer estos ecosistemas frágiles.
Pero no todo han sido postales de ensueño. También ha presenciado heridas profundas. Recuerda con tristeza la construcción del SOTE, el oleoducto que atravesó el páramo como una cicatriz. La maquinaria, el ruido, el ir y venir de los trabajos espantaron a los animales. La vegetación tardó años en sanar.
Lo más difícil, sin embargo, llega con el fuego. En temporada de incendios no hay horarios, no hay tregua. Las jornadas inician a las tres de la madrugada y terminan cuando las llamas se rinden. Lo más doloroso no es el cansancio, es la impotencia: ver morir animales, ver cómo se consumen los humedales, cómo se desvanece un ecosistema entero.
Con la voz entrecortada, Kevin recuerda una escena que lo marcó: cinco osos huían entre el humo, sus figuras desdibujadas entre las llamas. “La gente no siempre entiende el daño que provoca incendiar el páramo”, lamenta.
Y, sin embargo, sigue. Cada vez que entra a la montaña y el frío le muerde las manos, se reencuentra con aquel niño que pastaba ganado en medio de la niebla. Sonríe. Está en el mismo lugar, solo que ahora lo cuida.
El amor por el páramo no lo aprendió en un manual. Lo heredó de sus padres, lo cultivó entre historias, neblinas y madrugadas. Ser guardapáramo es eso: caminar con respeto, observar en silencio, y alegrarse cuando el agua vuelve a brotar limpia, libre y viva. Porque quien protege el páramo, protege la vida.



