Por: Mónica Simaluiza, Comunicación
Mayra, a temprana edad, acompañaba a su madre a realizar actividades agrícolas y ganaderas donde el trabajo comenzaba con el frío de la mañana y el paisaje formaba parte de la rutina diaria. Entre sembríos, el pastoreo de ovejas y el cuidado de animales —ganado y llamas— aprendió a vivir al ritmo de la montaña y a convivir con el frío, el viento y la tierra.
Allí ayudaba en distintas tareas desde recoger papas junto a otros trabajadores hasta colaborar en actividades agrícolas que marcaban la vida comunitaria. Hoy, esos mismos espacios forman parte del Área de Conservación Hídrica Atacazo, administrada por el Fondo para la Protección del Agua (FONAG) y la Empresa Pública Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento (EPMAPS), donde se desarrollan procesos de conservación y restauración ecológica. El territorio que antes fue escenario de producción busca ahora recuperar su equilibrio natural.
A los 12 años se trasladó a vivir en Calipiedra, en las faldas del Atacazo. Desde entonces, el contacto constante con la montaña, las largas jornadas al aire libre y el clima cambiante fueron fortaleciendo una relación silenciosa con el páramo, una conexión que, años más tarde, terminaría por definir su camino.
Hoy, el eco de un motor rompe el silencio del páramo.
Entre la neblina espesa que cubre el Atacazo, una motocicleta avanzando con firmeza por los senderos. Es Mayra Cañar, guardapáramo del FONAG, que inicia una nueva jornada en uno de los ecosistemas más sensibles —y también más presionados— del Distrito Metropolitano de Quito.
Tiene 30 años y conoce cada rincón de este territorio. Los paisajes que recorrió en su infancia hoy forman parte de su responsabilidad diaria: protegerlos. “Me siento feliz de aportar con un granito de arena”, comenta mientras ajusta sus guantes antes de continuar la ruta.
Su jornada inicia a las 8:30 de la mañana y termina a las 16:30. Cada día implica recorrer las rutas asignadas dentro del área, vigilar puntos críticos, controlar el ingreso de motocicletas de enduro que abren huellas profundas sobre el suelo frágil, marcas que permanecen como cicatrices abiertas en el páramo. También supervisa vertientes de agua, realiza limpieza de sedimentos en estaciones y recoge residuos abandonados en quebradas, rastros silenciosos de presencia humana.
El Atacazo, por su cercanía a la ciudad, es un territorio particularmente conflictivo. Los fines de semana aumentan los visitantes; en temporada de mortiño, la presión se intensifica. La búsqueda del fruto —tradicional en noviembre para la preparación de la colada morada— genera tensiones. “A veces damos recomendaciones y la gente no escucha. En ocasiones hemos sufrido agresiones”, relata.
Recuerda que en su primer año fue agredida mientras intentaba explicar que la recolección está prohibida. Pero más allá del conflicto, Mayra sonrie al ver los avances con el paso del tiempo. Desde la presencia del FONAG en el área, asegura, la recuperación ha sido evidente. “Ha habido una recuperación fantástica”, afirma.
Hoy, el lobo vuelve a descender hasta zonas cercanas a los controles, señal de un territorio que recupera tranquilidad. El cóndor atraviesa el cielo despejado siguiendo corrientes invisibles que conectan el Guagua Pichincha con el Cotopaxi. Los conejos han regresado a sectores donde antes no habitaban, tras el control de perros ferales —animales domésticos que han sido abandonados—. Entre la vegetación también aparece el chucuri, ágil y silencioso, desplazándose con pasos ligeros que apenas rozan el pajonal.
Mayra conoce el fuego de cerca antes fue brigadista forestal y bombera comunitaria, experiencias que la llevaron a caminar durante horas enfrentando incendios. Su trayectoria siempre ha estado ligada al cuidado del territorio, como si cada etapa la hubiera preparado para custodiar este paisaje.
Cuando la lluvia cae las gotas golpean suavemente su poncho impermeable mientras el frío avanza con el viento. Casco, guantes, botas, chompa y motocicleta forman parte de su indumentaria diaria. Llueva o haga sol, continúa su recorrido, comprometida con una labor que se repite todos los días.
Antes de despedirse, deja un mensaje claro “Cuidemos nuestros páramos. El agua no nace cuando abrimos la llave; nace aquí, en los humedales. Si cuidamos el páramo, no habrá escasez para las futuras generaciones”.
El motor vuelve a encenderse y su figura se pierde entre la neblina. En el silencio que queda, el páramo respira. Y, gracias a personas como Mayra, sigue vivo.



